viernes, 18 de noviembre de 2011

DESDE LA ALMOHADA HASTA EL NADIE

Cuántas sábanas y yo hueco, desde la almohada hasta el nadie. Cuánta noche sin sueño ajeno desprendido de un antes contigo, arrancado de un yo amante, descocido desde el colchón hasta la cintura del viento. Cuánto cuarto para uno sólo, cuánto mundo para un viajante, cuánta cama y yo sobrándome, roto desde la espalda hasta el invierno, amarrado desde el silencio hasta las ramas de mis lagrimales, contraído desde el pecho hasta la falta de ganas, apretado desde los verbos hasta el final de mis talones, ausente desde mis dedos hasta mis puntos finales al margen de mis olvidos. Yo tan memoria y tan ausencia de madrugada. Cuántas ausencias, memorias, olvidos, cuántos márgenes y puntos finales, cuántos dedos y talones y verbos, cuánto colchón y cuánto antes...pero qué poco después; cuánto yo hay esta noche, pero sobre todo ¡cuánto sin ti!

miércoles, 12 de octubre de 2011

ME PASA QUE ME ENFERMO

Me pasa que me enfermo de ciudad y de días grises, de ver los sueños colgados en las ventanas al lado de las toallas mojadas y la ropa blanca recién lavada en esta vecindad contemporánea de dioses olvidados, de ideales rotos y de sangre brotando de las coladeras.
Sucede que se me revuelve en el vientre la masa de soledades cuando paso caminando entre la fonda de Doña Inés y el despacho contable. Me enfermo y me duelen las plantas de los pies y las pestañas cuando camino junto a los abarrotes silentes y magullados, las cafeterías con su olor a sueños podridos, los jardines de excremento emocional, las calles que cruzan por los esfínteres del hombre, por la entraña que desemboca los domingos.
Hay días como hoy, en que me enfermo tan sólo por mirar hacia el vacío, ese abismo, allá en el horizonte, que aguarda la caída en serie de toda hormiga con portafolios, de todo ente que ni si quiera puede voltear a verse a sí mismo.
Se me espesa la sangre con grumos de indiferencia, escupo flemas de dolor ajeno, e impotente lloro, enfermo lloro...porque duele.

sábado, 8 de octubre de 2011

DEBO SACARTE DE MÍ

Debo sacarte de mí. Tal vez comience por dejar de pensarte en las mañanas. Y a partir de pasado mañana, o un día después, deje de beberte en el café. Me han dicho que me dé tiempo, yo más bien quiero regalarme soledad y algunas copas de vino para asentar las memorias y sudarte.
He pensado quererte unos días más, los suficientes para que mi piel te absorba, para que mis ojos te escurran; los necesarios para hacer arder al tiempo y mis palabras todas, las dichas y las pensadas, las espantadas, las amorosas, quemarlas todas y hacer una hoguera en silencio que nos caliente el pasado para poder enfriarlo con aquello que no se dice, con el silencio que queda entre dos que se amaron tanto.
Unos días más de quererte tanto para que sepas que lo hago y hagas de ese amor lo que te plazca: mirarlo, masticarlo, escupirlo, abrazarlo, aventarlo por la ventana o echarlo al baño. Suena inútil, lo sé, pero quiero unos días más para terminar de comprender cómo es que se borra el tiempo y se hacen morir los años.
Que amar es un delirio alucinante, un mal demente de los hombres, una costumbre masoquista, una perversa manía; pero dejar de hacerlo se parece tanto a la muerte misma.

EL ADIÓS TÁCITO

En el silencio postergado y corrupto se me caen ardiendo las manos y los ojos amargos; en la distancia se me tuerce el tiempo y te quiere volver fantasma, pero esta noche no que esta noche me volvió a quemar el adiós tácito, este adiós escondido por miedo a ser pronunciado pero contundente, aunque con ganas de no ser llevado a cabo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

DETRÁS DE LAS CONSONANTES

Me voy a esconder esta noche detrás de las consonantes. Es posible, incluso, que me convierta en letra, en una "y" por ejemplo o en una "h" o hasta me vuelva un artículo personal de alguno de los personajes.
Me voy a perder en las letras de alguien más y quizás desaparezca y me transforme en novela para saberme entre comas, las comas me dan confianza. Y toparme con la doble intención de un punto y coma, con la convicción de un punto y aparte, con la certeza que sólo se encuentra en un punto final. Se me antoja ser una palabra como "infierno" por su fuerza, o una frase como "adorna de ilusión la casa en llamas" para saber que se siente.
Me voy a fugar y tal vez me encuentre en un paisaje inventado de un país desconocido. Voy a averiguar si la hache es muda en verdad, quiero estar entre paréntesis y vivir un tiempo entre comillas para hurgar en la habitación de Harry Haller.
Me voy a esconder esta noche detrás de las consonantes, si mañana no estoy no te sorprendas...sólo no me busques más.

DANIEL M. CERVANTES

miércoles, 7 de septiembre de 2011

REPARTICIÓN DE BIENES

Quédate con mi lado de la cama para que puedas extender tus brazos por las noches o para que lo compartas y si estás de acuerdo yo me quedo con el olor de tu almohada en lo que concilio el sueño. Te dejo el abrazo, el primero y el más fuerte, pero déjame conservar el resto para mi colección de sensaciones placenteras. Quédate con la risa silvestre que me arrancaste tantas veces involuntariamente, con las canciones de ese grupo argentino que tanto te gustó y con mi cepillo de dientes, puede servirte para limpiar el cochambre que se hace entre los mosaicos.
Déjame quedarme con el aire que pasaba por tu porche y el café de media tarde, pero te dejo el sonido ronco de mi voz al despertar y quédate también con el viento de mi balcón. Te dejo el sabor a ron de algunos besos y la caricia fácil de mis manos para cuando la soledad te agovie de más.
Me quedo con el danzón para bailarlo de vez en cuando, tú quédate con el Papaloapan y el rojo de mi piel cuando el sol (y cuando te acercabas mucho). Te dejo mis vuelos para cuando no quieras pisar tierra y me quedo con la tierra que me enseñaste para no tener que volar siempre.
Quédate con el tiempo, que a mí no me hace ya muchos favores y a ti puede regalarte tanto, pero me quedo con la planta de gran penacho que compramos, el sonido del acordeón, la sierra de Puebla y el sabor de tu boca después del tinto. Te dejo en el closet mi desfachatez para que te la pongas cuando quieras o la dejes en el buró mientras lees. Quédate con el brillo que te acostumbraste a ver en mis ojos. Déjame tú el brillo que me acostumbré a ver en tu alma. Te dejo mis torpezas y me quedo con tu agudez. Las culpas tirémoslas los dos en el bote de la basura. Te dejo la mayor parte de mis letras y algunos de mis insomnios, te doy mi plenitud para que la tengas bajo tu almohada y te regalo un sincero siempre. Finalmente te dejo una promesa: seguiré sonriendo. 
No ha sido necesario meter abogado en esto o si quiera ir ante notario pero de no estar de acuerdo con la repartición, siempre podemos volverlo a hablar.


Daniel M. Cervantes

miércoles, 10 de agosto de 2011

DE MADRUGADA O BUSCO UN COLOR

Mientras tanto intento, sólo intento, pintar con letras. Dibujar rastros de historias y rostros de una realidad paralela, tácita pero intangible, tan de otros pero tan mía.
Escribo encima de los ojos del que observa, pinto sobre la piel del que siente, armo y desarmo, construyo y deconstruyo mientras me reconstruyo en letras y en la escena. Miro el teatro de la vida misma que me parece tan ajena. Doblo las esquinas de las páginas que antes han sido dobladas por alguien que soñó igual que yo, sintió igual que yo, dobladas por aquel que atravesó un instante mis instantes.
Me doblo yo y me marco y me esquino y me quemo y me redoblo y envejezco aunque no quiera.
Conservo la esperanza de la alquimia y difumino la inocencia del amor, me envanezco y me desvanezco y a ratos dejo de ser cuerpo o imagen, a ratos ni semejanza.
Mezclo en mi paleta las distintas tintas, los licores ajenos, las escencias marchitas, las canciones añejas, la sangre endurecida, las lágrimas viejas y las miradas tibias para ver si descubro un nuevo tono, un color menos sobrio al de las letras y aún más íntimo, más brillante al de la prosa y más sincero que el verso, un color más intenso, menos de otros, más terso, más vivo entre los vivos, un color más parecido al aquí y al nosotros, al tú y yo más de fondo que de forma.
Busco la verdad sobre la verdad misma. Busco la vida en vida y al amor en el amor... pero mientras, yo sigo siendo consonante o vocal, según mi humor, sigo siendo un después, un tal vez, un viaje del héroe, una ficción.

Daniel M. Cervantes
2011

martes, 2 de agosto de 2011

EL SILLÓN


Aquella noche tuve un espasmo repentino en el sillón donde solía recostarme las noches de domingo.
Ese sillón había sido por años un puente espacio-temporal que enlazaba las últimas horas del domingo con las primeras horas del lunes, que son a mi juicio y hasta la fecha las más complicadas de sobre llevar, y hacía más corto el viaje que habría de emprender hasta mi cama en altas horas de la madrugada.
En pocas palabras aquel sillón que se encontraba en el cuarto de televisión, adquiría un carácter relajado y flexible que contrastaba con la personalidad rígida y formal que mi cama cobraba las noches de domingo; simplemente hacía menos difíciles mis transiciones semanales, por tanto, y sin contar las veces que fue testigo de mis citas y recinto de mis pasiones so pretexto de ver películas, no considero necesario mencionar cuánto lo estimaba.

Tuve ese espasmo abrupto esa noche y sentí el corazón acelerado, como cuando uno se despierta después de haber tenido pesadillas o cuando se tienen temperaturas muy altas, pero no estaba seguro de haberme quedado dormido ni de haber sufrido otros síntomas de una fiebre alucinatoria, lo que era una certeza es que tenía la extraña sensación de haber vivido toda una vida arriba de aquel sillón y una notable confusión sobre mi propia identidad y aquello que me definía como hombre. No recordaba el color de mi cabello por ejemplo, ni los olores más que el olor a café, ni lo más profundo de mi vocación o los nombres de mis viejos amores, es más, no podía recordar si tenía familia si quiera o las habilidades que me caracterizaban; me preocupaba que el desvanecimiento de mi imagen de mí sobre mí mismo, quiero decir, de mi identidad o lo que yo había constituido como mi identidad era notablemente veloz, cada segundo que pasaba recordaba menos de mí.
Así que me dispuse a buscar las fotografías, que seguramente tenía sobre los muebles de mi recámara o en una caja bajo la cama, y las cartas y recuerdos que cualquier hombre guarda en el cajón del buró o en su defecto en el de los calzones, incluso, sí  en algún momento me había pasado de extravagante, quizás tendría un diario que me hablara de mí y de mis amantes. Sin embargo, mi impulso fue cortado de tajo, difícilmente podía mover las piernas o los brazos como si en mis venas hubiera dejado de circular la sangre pero en mi pecho los golpes de mis latidos eran macizos y contundentes - al menos no estoy muerto - pensé, y sentí algo de alivio en ello.

En seguida mis ojos se aseguraron primero de no estar cerrados ante la posibilidad de estar soñando, luego, mis globos oculares pasearon circularmente tratando de encontrar vestigios oníricos en algún sitio, cualquier indicio de realidad subconsciente o cualquier quebranto a las leyes naturales de la física hubiera bastado para mi tranquilidad: un gato caminando por el techo, el nacimiento de una ola gigantesca, un baño sin paredes imposible de usar, el borde de un abismo invitándome a caer, pero no, únicamente podía ver con decepción las mismas paredes grisáceas de mi casa, la puerta de acceso al baño principal, la televisión de cuarenta pulgadas, el pasillo que lleva al recibidor por un lado y al desayunador por otro, la puerta de mi recámara, los dibujos enmarcados, el librero y el reloj de pared.
La lógica, si es que existe, indicaba que definitivamente todo aquello no era parte de un sueño, yo estaba más despierto que nunca.

Traté de conservar la cabeza fría para no desequilibrar más mi psique que de por sí ya estaba en tela de juicio. La pérdida de identidad no me preocupaba tanto como las carentes facultades motrices, finalmente los otros lo ven a uno como se les antoja verlo sin importar cuánto empeño y esfuerzo se haya gastado para forjar una personalidad medianamente definida, y en cuanto a los recuerdos desaparecidos me fui haciendo a la idea, pues seguramente no eran más que amarres y ataduras a un pasado añejo y quizás podrido; en cambio la inmovilidad sí era un verdadero problema pues pensaba en aquel momento que yo tenía necesidades más básicas como comer o fumar o ir al baño, necesidades que no podría satisfacer de quedar completamente inmóvil - ¡fumar, ya decía yo que una adicción no se pierde con tanta facilidad! – me dije con voz temblorosa y al mismo tiempo orgullosa por no haber perdido todo de mí, o no aún.
-  Además - pensaba - con el tiempo encontraré nuevos gustos y habilidades, tal vez pintar o construir puentes o escribir y seguramente elegiré un buen nombre según lo que haga ¡pero no podré realizar nada nuevo sin moverme! –
Así que clamé por ayuda, grité y grité hasta cansarme sin que nadie a la redonda diera señales de escucha o me socorriera.
Después de un rato, ya más tranquilo y más cansado de forcejear y de luchar conmigo mismo, observé de nuevo el panorama, era igual. Pero al observarme a mí, vi algo en mis ropas que no había visto, para empezar me cubrían desde los pies hasta mis brazos y lo que alcanzaba a ver de mi pecho, no había nada de piel a la vista y lo más curioso es que tenían un diseño idéntico al tapiz del sillón.

Sorprendido, me quedé en absoluto silencio durante varios minutos, tal vez horas o días.
De pronto ya no recuerdo más el olor a café que era lo único, lo último que me ligaba con lo humano. Al fin soy yo mismo sin más. Un sillón que soñó ser un hombre que vivió una vida que olvidó.





Daniel M. Cervantes
2011